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¿Cuántos ceros tienen un millón de dólares en liras?


Los Celtics afrontaban la temporada 89-90 con ciertas esperanzas de recuperar al menos parte del brillo perdido. Larry Bird estaba recuperado, y por fin tenían esa rotación tan anhelada a pesar de perder a Mark Acres en el draft de expansión de los Orlando Magic. A cambio llegó al equipo procedente de la primera ronda del draft el tirador de BYU Michael Smith, de cuya carrera NBA solamente se recuerda que siempre lo elegían para las entrevistas los corresponsales españoles gracias a su domino del idioma producto del clásico viaje misionero a América del Sur, y que luego paseó su obsesión estadística por la ACB. En segunda ronda draftearon a Dino Radja, aunque aún faltaban años para que diera el salto.

Esta vez el golpe vino de donde menos se esperaba: no fueron sobredosis ni lesiones, sino las megaliras del Il Messagero que llamaron a la puerta de Brian Shaw para que formara pareja con Danny Ferry en aquella especie de SuperAkasvayu que intentó cumplir el sueño desarbolado de una especie de Jesús Gil italiano y baloncestístico. Su marcha resultó particularmente dolorosa porque desnudaba todas las carencias del perímetro de los Celtics; Brian Shaw era un combo-guard que había demostrado jugar mejor de “dos” que de “uno”, pero la vuelta de Bird sin duda habría aliviado las carencias de manejo de balón del equipo. Ahora se encontraban empezando la temporada con un Dennis Johnson que acababa de anunciar que ésta sería su última temporada, un Reggie Lewis que era más “tres” que “dos”, y saliendo desde el banquillo a Paxson, Gamble y Upshaw (ninguno de los cuales era base).

Una vez más (y ya van…), los Celtics tuvieron que lanzarse a la tumba abierta de la free agency y de los traspasos de baratillo. Contrataron al ex mundialista Charles Smith (el de Georgetown; vamos, el bajito) y trajeron al antiestético veterano John “rodillas” Bagley a cambio de dos segundas rondas, en el hueco dejado por el pobre Kelvin Upshaw, que vio terminados sus quince minutos de fama.



Además del retorno de Bird y la marcha de Shaw, la otra noticia de la temporada fue el retorno de McHale al rol de sexto hombre, dejando su puesto en el quinteto titular a Ed Pinckney. La rotación quedaba pues como Johnson – Lewis – Bird – Pinckney – Parish, con Bagley, Paxson, Gamble, McHale y Kleine desde el banquillo. Los resultados fueron mejores de lo que cabría esperar considerando los problemas de la plantilla (aunque decepcionantes si atendemos al tan publicitado “retorno de los tres grandes”, que obviaba la edad y las lesiones): sumaron más de 50 victorias, compitieron por el título de división hasta casi el último partido, y entraron en playoffs con buenas expectativas.

El arranque no pudo tener mejores auspicios, ya que los Celtics adquirieron una ventaja de 2-0 después de una histórica paliza 157-128 a unos Knicks que parecían en caída libre. Pronto cambiaron las tornas, sin embargo, y liderados por Pat Ewing los Knicks aplicaron un estilo de juego más rápido que desnudó las carencias de los Celtics, expuso su envejecimiento, su falta de banquillo y sus problemas de backcourt, y los sometió a la humillación de perder tres partidos seguidos para ser eliminados en su propia cancha. Todo lo que parecían haber avanzado durante la temporada lo volvieron a retroceder en apenas cuatro días. Aparte de los veteranos, solamente Reggie Lewis jugó a buen nivel en los playoffs; la necesidad de una reforma profunda se hizo más evidente que nunca.
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