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Mis Fantasmas Favoritos

Una Serie de Catastróficas Desdichas




What a difference
a day makes...


No es necesario describir las causas y circunstancias de la muerte de Len Bias menos de 48 horas después de ser elegido como nº 2 del draft por los Boston Celtics, pero sí que cabe analizar los efectos a corto y largo plazo de su desaparición (bueno, no desapareció que lo enterraron, pero ya me entendéis).

A corto plazo, los Celtics perdieron a un jugador que hubiera sido fundamental en su rotación interior. Aparte de apuntalar el único punto débil del equipo (la falta de velocidad), las bajas de Wedman y Walton hubieran podido ser compensadas recurriendo a los clásicos trucos de poner a Bird como “cuatro” y/o a McHale como “cinco” metiendo a Bias de “tres”, para así poder dar descanso a cualquiera de los tres titulares del frontcourt sin tener que tirar de merluzos como Fred Roberts o Greg Kite. A largo plazo, hubiera permitido compensar la estructura de los Celtics, con dos superveteranos (DJ, Parish), dos veteranos (Bird, McHale), uno en su mejor edad (Ainge), y una joven promesa (Bias). Sólo con añadir a algún otro joven prometedor (Brian Shaw, por ejemplo), ya hubieran tenido un relevo generacional razonable para asegurar al menos seguir siendo competitivos hasta la retirada de los Bird y McHale. What if.

Para colmo, no fue la única desgracia de la temporada. No, señor. Ni hablar de ello. No fue eso, sino algo muy diferente de lo anterior.

Después de un año a gran nivel, Bill Walton volvió a lesionarse. Haciendo bicicleta estática. No del pie malo, ojo, sino del pie bueno. Uno se imagina que fue seguramente un caso de compensación, de haber estado favoreciendo el otro pie durante demasiado tiempo y tal, pero tampoco puedo quitarme la sensación de que es el tipo de cosas que solamente te pasan en una temporada como ésta: Walton lesionándose el pie bueno en la ciclostatic. No fue el único: Scotty Wedman empezó la temporada en la lista de lesionados después de tener que operarse el talón izquierdo. Intentó volver a mitad de año, pero no pudo soportar el dolor y tuvo que volver a operarse, esta vez de los dos talones. Fue la última temporada en activo para ambos jugadores, que fueran fundamentales en el título conquistado solamente unos meses antes.



Por si fuera poco, tampoco los demás estuvieron precisamente al 100%. Kevin McHale sufrió su famosa rotura de un hueso del pie contra los Suns, y para cuando llegaron los playoffs también se había torcido el otro tobillo. Lo mismo que Parish, que además se perdió un partido de la final de conferencia por sanción (inolvidable ese “sigan, sigan”) mientras Danny Ainge sufría los efectos de un virus y de una torcedura de tobillo. Dennis Johnson bien, gracias.

Ante semejante panorama, la gerencia de los Celtics se lanzó a intentar conseguir al menos a un par de fulanos capaces de tenerse en pie para poder juntar al menos una rotación. Trajeron a Fred Roberts de los Jazz a cambio de una tercera ronda del draft, lo cual puede calificarse de robo, y ficharon a los agentes libres Darren Daye (nunca supe por qué lo cortaron los Bulls, en los Bullets jugó bien) y Conner Henry. Henry no pasó de ocupar el puesto de Carlisle como tirador blanquito agitatoallas al fondo del banquillo, pero Roberts y Daye se convirtieron en buenos elementos de rotación para estos limitadísimos Celtics, gracias a los bloqueos y rebotes del primero y a la anotación desde el banquillo del segundo.


Fred Roberts es el de abajo.

KC Jones optó por comprimir su rotación al máximo, exprimiendo a los titulares y usando casi exclusivamente a Sichting como relevo mientras que Daye, Roberts y Kite solamente salían si no quedaba ningún remedio. Aún así, con el brillante comienzo de Bird y sobre todo la inmensa temporada de Kevin McHale, inconmensurable hasta su lesión, los Celtics sumaron 59 victorias a pesar de sus crecientes problemas lejos del Garden, y revalidaron su título de división. Bill Walton retornó para playoffs y fue fundamental en la barrida 3-0 de los Bulls, pero justamente después de su mejor actuación, en ese tercer partido, volvió a resentirse de la lesión y prácticamente no volvió a jugar.



Sin él, los Celtics sufrieron mucho contra unos correosos Milwaukee Bucks que llegaron al séptimo partido antes de darse por vencidos. Y en final de conferencia les esperaban los Pistons. Creo que no es necesario recordar todos los detalles de una de las series de playoff que dejaron imagen más profunda en el baloncesto de su época: el robo de Larry Bird, el KO de Laimbeer a manos de Parish, el robo de Larry Bird, la polémica por las declaraciones de Dennis Rodman y Isiah Thomas, y sobre todo el robo de Larry Bird. ¿He mencionado ya un robo de no sé quién? Pues eso.

La final tuvo menos historia: los Lakers estaban ahora un peldaño por encima, y superaron cómodamente a los Celtics los dos primeros partidos en casa. Solamente un esfuerzo sobrehumano permitió a los de Boston ganar el tercero, y me refiero al esfuerzo sobrehumano que tuvo que hacer KC Jones para poner en cancha a Greg Kite en minutos importantes.


¡Mira, mamá! ¡Sin manos!

Los Celtics gastaron su último cartucho en el cuarto partido, cuando estuvieron a punto de igualar la eliminatoria si no fuera por un rebote perdido por McHale y un triple en el último segundo de Bird que no entró. Ah, y un ganchito de no sé quién. Larry Spriggs, creo. El año que ganó el MVP.

Los Celtics no volverían a una final de la NBA.


Hit the road, Jack, and don’t you come back
No more, no more, no more, no more.

Their Finest Hour



Si buscamos indicar el punto más alto de esos Celtics antes de su desplome, deberemos sin duda fijarnos en el campeonato de 1986. Dirigidos por un clásico de la franquicia como KC Jones y con un rendimiento ofensivo y defensivo puntero en la NBA, esos Celtics suman 67 victorias en temporada regular (la mejor marca de la liga ese año), se plantan en la final habiendo perdido solamente un partido en playoffs, y despachan a unos sorprendentemente correosos Rockets con una suficiencia mayor de lo que indica el marcador final de 4-2. De hecho, ése es quizás su único y absolutamente intrascendente borrón, la ausencia final del archienemigo californiano que después de acumular 62 victorias en la fase regular mostró una sorprendente vulnerabilidad ante los Mavericks y finalmente fue apalizado inmisericordemente por los de Houston. En cualquier caso, la ausencia del rival ideal para la victoria gloriosa era una mota insignificante dentro del brillo del éxito del equipo de Boston. Hasta las lesiones respetaron a la plantilla, ya que toda la rotación jugó un mínimo de 78 partidos excepto McHale, que se perdió una docena larga por un problema en el tendón de aquiles; incluso las persistentes molestias de Larry Bird en el codo y los primeros amagos de su futuro problema de espalda mejoraron notablemente gracias al tratamiento de Dan Dyrek.

El quinteto titular necesita poca presentación: Dennis Johnson (31 años), Danny Ainge (26), Larry Bird (29), Kevin McHale (28) y Robert Parish (32). El banquillo no era menos impresionante, con Jerry Sichting (29) como base-escolta, Scott Wedman (33) como alero y el pívot Bill Walton (33) como mejor sexto hombre del año. La plantilla la completaban los banquilleros Sam Vincent, Rick Carlisle, David Thirdkill y Greg Kite.

Sin embargo, basta un vistazo a las edades de la plantilla para darse cuenta de que llevaban en su propio seno las semillas de su destrucción: de los ocho jugadores de la rotación, cuatro pasan de los 30 años y otros dos los cumplirían la temporada siguiente, McHale estaba ahí mismo y solamente Ainge estaba aún en la fase creciente de su carrera. El núcleo Bird-McHale aún podía resistir unos añitos, pero iba siendo necesario renovar el quinteto titular y hacerse a la idea que ya no se podía depender de Wedman y Walton a sus 33 años, sobre todo con el historial de lesiones de éste. Además, mientras los Lakers podían afrontar una renovación “desde dentro” ascendiendo a AC Green de agitatoallas a titular, ninguno de los banquilleros de los Celtics parecía capacitado para mayores tareas: a Sam Vincent no le faltaba calidad, pero sí voluntad de trabajo; Rick Carlisle era el clásico futuro entrenador, todo fundamentos y comprensión del juego pero poco físico y sobre todo sumido en una pésima racha de tiro que negaba su principal habilidad; Greg Kite era un jugador ideal para entrenamientos, siempre el primero en llegar y el último en irse, sudando todo lo sudable y matándose tras un balón, pero su tope era salir diez minutillos para repartir leña, no prolongar la carrera de Parish dándole relevos prolongados.


¡Infúndeme habilidad baloncestística!

Afortunadamente, los Celtics contaban con la herramienta ideal: en 1984, justo después de su famoso robo, los Celtics traspasaron al base Gerald Henderson a los Sonics a cambio de una primera ronda. Uno se pregunta si Ted Stepien andaba por Seattle en esas fechas, ya que Henderson era un jugador mediano y esa primera ronda se convirtió en todo un nº 2 del draft. La elección orgánica de los Celtics era lógicamente la última de primera ronda, pero la habían mandado a Clippers en el traspaso de Cedric Maxwell por Bill Walton (terminó en Portland y con ella eligieron a un ruso que no era ruso). Tampoco tenían su segunda ronda, que recibieron los Knicks como compensación por el fichaje de Ray Williams un par de años atrás, pero ¿qué importaba? Tenían el nº 2 del draft. ¿Qué podía salir mal?

Disclaimer

Me confieso detractor del actual clima de “reconstrucción continua” que impera en la mayoría de franquicias de la NBA, según el cual un proyecto que no muestre progresos evidentes en un par de años ha de ser desmontado hasta los cimientos para volver a empezar de cero. Una cosa es admitir que un enfoque ha fracasado o que un sistema ha cumplido un ciclo y que es necesaria una renovación profunda, y otra cosa es esta búsqueda sin fin del santo grial que suponen los jugadores que garantizan aspirar a un título (hay entre dos y seis en todo el mundo) y que genera el efecto secundario de la sobrevaloración de las elecciones del draft y de los jugadores más jóvenes y sin formar junto con la minusvaloración de los jugadores probados y los veteranos útiles. ¿Quién quiere a Ray Allen pudiendo tener a Gerald Green?

Las causas de este orden de cosas son variadas y complejas, aunque una formulación tentativa podría ser “los propietarios son imbéciles, y los mánagers generales también”. Pero una de las grandes influencias en quizás el más famoso proyecto de reconstrucción total de esta era del baloncesto, los Bulls de Jerry Krause tras el “Last Dance”, es en mi opinión una falacia cuyo valor viene dado exclusivamente por la repetición machacona a la que fuimos sometidos durante varios años, cuando la cantinela oficial de la NBA era...



No puedes permitirte el riesgo de que tus jugadores importantes envejezcan en tu plantilla. Mira lo que les pasó a los Boston Celtics.

Una vez más, no pude menos que echar en falta una voz justiciera que se alzara de los campos y las huertas para declarar inequívocamente: “¡jarl!”

Instrucciones para dar cuerda al reloj



Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj



Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Altas y Bajas:



Después de años y años protestando por la falta de movimientos, este verano de 1988 la prensa neoyorquina tuvo suficientes como para estar entretenidos durante meses.

Algunos de los cambios fueron casi intrascendentes y relacionados solamente con el fondo del banquillo: Pat Cummings finalmente se marchó tras finalizar su contrato, Rick Carlisle fue cortado, a Sedric Toney lo eligieron los Miami Heat en el draft de expansión. A cambio volvió nuestro viejo conocido Eddie Lee Wilkins, Pete Myers como agente libre, y el mantecoso Greg Butler como pívot suplentísimo procedente de la segunda ronda del draft (y convertido en favorito del Garden, que aclamaba sus escasísimas apariciones en cancha).


Única foto conocida de Butler.

Morralla, en cualquier caso, y justamente olvidada frente a movimientos mucho más importantes de la plantilla.

El primero y el último, Charles Oakley. El primero por orden cronológico, y también por pecking order al ser el único en llegar directo al titular, y también por ser el único en llegar directo al corazón de la franquicia, que desde entonces sería el corazón del guerrero. “Charles Oakley a cambio de Bill Cartwright y de intercambiar las elecciones de primera y tercera ronda del draft de 1988”, dijeron los papeles. Según “The Sports Guy”, que no se equivoca jamás, entre las poquísimas excusas para beber alcohol antes de las 11 de la mañana se incluyen llamarte Jack Nicholson o Charles Oakley.



En su día, este traspaso fue duramente criticado para con los Bulls. Oakley había perdido el título de máximo reboteador ante Michael Cage en la última jornada, mientras que Cartwright ya estaba en el último tramo de su carrera y no había demostrado ser ni buen defensor ni buen reboteador. A pesar de tener a un meritorio en prácticas tan prometedor como Horace Grant, y de que fuera vox pópuli que lo que separaba a los Bulls del “siguiente nivel” era la sustitución del armario ropero que bajo el pseudónimo de Dave Corzine andaba ofendiendo a los pívots titulares del mundo, se consideraba que los Bulls podían haber conseguido algo mejor. En retrospectiva, parece más bien la clase de traspaso en la que todos salen beneficiados: Charles Oakley como sempiterno titular sin competencia, Horace Grant ídem, Bill Cartwright fuera de New York y los Bulls campeones. A pesar de los fuertes rumores de enfrentamiento con un Michael Jordan que se decía se negaba a pasarle el balón por su propensión a las pérdidas, Bill Cartwright tuvo su pequeño momento de gloria cuando su aportación anotadora interior e incluso su muy aceptable defensa en playoffs contribuyó al primer título del equipo de Chicago (antes de que volviera a quedar en la sombra ante el ascenso de Scottie Pippen a gran estrella, y de Horace Grant a All Star).

En algunos aspectos, Charles Oakley podía parecer una reedición de Sidney Green: grandísimo reboteador, jugador tozudo y con una extraña fascinación por las suspensiones de media y larga distancia (cuando a mitad de temporada se publicitó una llamada “bomber squad” con los triplistas de los Knicks, Oakley protestó por no ser incluido en el “grupo”). Muchos scouts consideraban que no había peor noticia para los de New York que Oakley anotando su primera canasta, porque entonces se pasaría el partido tirando con o sin posición.

Las similitudes, sin embargo, terminaban ahí. Oakley era un magnífico defensor, mucho mejor que Green y también un jugador más intenso y más concentrado, mucho menos propenso a los lapsus, despistes y fallos de asignación. En muchos sentidos, su llegada acentuó los puntos fuertes (rebote, defensa, movimiento constante, tiro exterior) y débiles (pase, porcentaje de tiro, pérdidas) del equipo. En cualquier caso, formó una pareja interior tan completa como devastadora con Pat Ewing, y zanjó el debate por la posición que duraba ya casi diez años.

El primero y el último, dije. El último porque también fue el único traspaso esta temporada que encajaba con la concepción del juego y los deseos de Rick Pitino.



En varios sentidos, la decisión de Al Bianchi de draftear a Rod Strickland en primera ronda era lógica. Para empezar, era el mejor jugador disponible cuando eligieron los Knicks. Para seguir, el estilo de Rick Pitino exigía una plantilla amplia con suplentes que pudieran jugar el nivel de los titulares y darles descanso. Para terminar, era indiscutiblemente una estrella en ciernes, probablemente mejor que Mark Jackson.

Sin embargo, Strickland era también un jugador problemático, de un estilo poco acorde con el de Pitino (al que entusiasmaban los undergrads), y cuya llegada se podía interpretar como una falta de confianza en el sensible Jackson. A pesar de subir su anotación, Mark Jackson llegó al campus de verano pasado de peso y sin haber trabajado, sufrió varias molestias físicas durante la temporada y en ningún momento alcanzó el nivel de juego de su año rookie.

Mientras, Rod Strickland se granjeaba el cariño y respeto de Pitino al llegar invariablemente tarde a todos los compromisos del equipo y faltar a numerosísimos entrenamientos. Eso obligaba al entrenador asistente Jim O'Brian a jugar de "base suplente" en las pachanguitas. En una de ellas, Mark Jackson lo dejó sentado, anotó la canasta y le soltó: "Look, if you had to play me every day, you would be late, too, wouldn't you?". New York, New York. Los retrasos de Strickland llegaron a ser tan famosos que en una reciente subasta benéfica organizada por Mark Jackson, Rick Pitino no pudo menos que comentar entre risas que Rod Strickland había participado "pujando por un reloj, nada menos".

Entonces no se reía. Rick Pitino mantuvo su apuesta por Jackson a pesar de que eso lo enfrentaba con Bianchi primero, con Strickland segundo y finalmente con los propios aficionados, que percibieron pronto que el suplente tenía un brillo especial del que carecía el titular y como consecuencia dieron en abuchear a éste, con lo que su rendimiento se resintió aún más. Estos abucheos tendrían un efecto muy profundo en Pitino, y por lo pronto agriaron su relación con Bianchi.

El cual lo terminó de empatar fichando a “Kiki” Vandeweghe a cambio de una futura primera ronda.



El fichaje de “Kiki” Vandeweghe se convirtió en la saga de la temporada, junto con el tema de la titularidad en el puesto de base. Vandeweghe, hijo y sobrino de estrellas NBA, hijo de una Miss e inventor del “paso de Kiki” en el campamento para hombres altos de Pete Newell, era sin duda una estrella de la liga. Sin embargo, la temporada anterior había sufrido una grave lesión de espalda de la que aún no estaba totalmente recuperado. Se había perdido más de la mitad de los partidos jugados desde entonces, y cuando sí jugaba lo hacía a un nivel muy inferior al de su carrera. Los Blazers habían optado por Jerome Kersey como titular, y buscaban comprador. Al Bianchi consideraba que los Knicks necesitaban anotación desde los puestos de alero, y mejorar su porcentaje de tiro (cierto en ambos aspectos), así que después de meses de negociaciones, pruebas médicas, dimes y diretes logró que recalara en la franquicia de New York.

Y fue un sonoro fracaso.

Nunca es buena señal cuando tu fichaje gana dos años después el trofeo de “Comeback Player of the Year” (1990-91); efectivamente, Kiki Vandeweghe pasó dos temporadas entrando y saliendo de la lista de lesionados, y jugando a un nivel no más que mediocre. No se adaptó al estilo del equipo, no se adaptó a la ciudad y desde luego no se adaptó a Rick Pitino. Aún más, su llegada quebró la frágil química de la plantilla, y para muchos analistas se convertiría en la clave de la decepción final de la temporada.

Substraction by addition, que le dicen.

Temporada 1987-88: La Era Pitino.


Balance: 38 – 44. Playoffs: 1ª Ronda.


La era Pitino empezó como terminara la era Hubie: con derrotas. A pesar de todos los cambios, renovaciones y propósitos de año nuevo, los Knicks perdieron los primeros 5 partidos y se plantaron a principios de Diciembre con un descorazonador 4-12. Como era de esperar, a la prensa le faltó tiempo para condenar el experimento al desastre: el juego era poco vistoso, la anotación escasa y las derrotas abundantes. El equipo era competitivo gracias a su esfuerzo, pero cuando llegaba el momento de la verdad el superior rendimiento ofensivo de los rivales lo enterraba. “Es como Hubie Brown pero más guapo”, parecía ser el consenso. Según Peter Vecsey, Al Bianchi no quería fichar jugadores para que despidieran a Pitino y ponerse él de entrenador, mientras que Rick Pitino no quería ganar partidos para demostrar que no tenía plantilla y que así despidieran a Bianchi y ponerse él de Mánager General.

Y eso que la presión funcionaba. Además de una defensa individual estándar, Pitino aplicaba al menos cuatro tipos de presión: a toda cancha, a media cancha, una especie de zona de ajustes con dos-contra-uno constantes al balón, y una especie de “caja y uno” en la que cuatro jugadores defendían en individual normal y el “uno” hacía presión a toda cancha al base rival. El objetivo era obligar al rival a tener que tomar decisiones constantemente y siempre bajo presión; idealmente, quitar el balón de las manos del base y ponerlo en las manos de jugadores poco habituados a tener que crear. El otro bastión de la defensa según Rick Pitino eran las “deflections”: había que tener las manos todo el tiempo arriba y delante del rival intentando tocar el balón. Incluso si muchos de esos contactos no terminaban en robo, al menos harían que los pases llegaran un poco desviados, haciendo que su recepción fuera incómoda y que los rivales se encontraran un poco fuera de su zona cómoda y teniendo menos tiempo para pensar la jugada. El número de robos de los Knicks se disparó, y eso les permitía basar su ataque en el “run and gun”, siendo el primer equipo de la NBA que usaba el triple con soltura.

Todo ello, sin embargo, tenía un coste: el gasto físico de esa defensa era estremecedor, así que era imposible aplicarla el partido entero o en caso de “back-to-backs”, cuando el equipo ya llegaba cansado de la noche anterior. Ciertos jugadores como Cartwright y sobre todo Cummings no lograban practicarla por su falta de velocidad, lo cual obligaba a medir las rotaciones. Finalmente, algunos equipos como los Celtics, Pistons o Lakers poseían buen manejo de balón en casi todas las posiciones y eso les permitía romper la presión con relativa facilidad. De todas formas, la idea de Pitino no había sido nunca aplicar la presión los 48 minutos, sino usarla como recurso puntual, como arma definitiva al estilo del cañón triónico de los power rangers; sin embargo, la endeblez del equipo hacía que solamente gracias a esas defensas presionantes pudieran al menos mantenerse en los partidos sin perder de vista al rival.

Cada noche la misma historia: pequeñas ventajas iniciales, partido competido, defensa correosa y al final errores en los momentos decisivos permitían al rival llevarse la victoria. Y de repente, las cosas mejoraron. Un par de victorias aquí, otro par allá, sin continuidad y sin lograr evitar encajar rachas similares de derrotas, pero el equipo tenía pulso. Sin ganar más de 3 partidos consecutivos pero sin perderlos tampoco, los Knicks se plantan en la última semana dependiendo de sí mismos para alcanzar la última plaza de playoffs en dura pugna con los Bullets y los Pacers. El jugador de moda era Johnny Newman, que tras empezar la temporada sin equipo ahora se había hecho con el puesto de titular y estaba completando unas actuaciones brillantes aunque irregulares.

En retrospectiva, fue el partido en Atlanta. Tenían que ganar 2 de los 4 partidos que faltaban, tres de ellos fuera de cada donde los Knicks habían sufrido demasiado y el restante contra unos Bulls camino de las 50 victorias. Esa noche, codo con codo con los Hawks de Dominique Wilkins, los de New York se llevaron una victoria agónica 95-93 gracias a la aportación desde el banquillo del “Knick olvidado”, Pat Cummings. Pero luego perdieron contra los Bucks y Bulls, así que se plantaron en Indianapolis a jugársela a cara o cruz: el vencedor jugaría playoffs. Esa noche volvió a ser otro “jugador olvidado” el que acabaría decidiendo el partido: después de una gran actuación de Ewing y Newman para dar ventaja a los Knicks, los Pacers remontaron aprovechando los errores en el tiro libre y pidieron tiempo muerto a falta de pocos segundos con 88-86 en el marcador, ventaja Knicks.

Rick Pitino sabía que buscarían a John Long o Steve Stipanovich para el triple porque habían anotado de larga distancia poco antes, e instruyó a sus jugadores para impedirlo a toda costa. Después de machacar a Ewing todo el año con que no saltara a las fintas, ahora tenía que pedirle lo contrario: “salta si es necesario, pero no le dejes tirar”. Efectivamente, el balón fue a Stipanovich en la línea de tres; éste fintó el tiro y Pat Ewing le saltó tapándole todo el espacio. Sin poder tirar, Stipanovich optó por el bote y avanzó hacia la canasta de los Knicks. Sorteó a Mark Jackson, que amagó la personal, y se encontró en el corazón de la zona con... Kenny Walker. El jugador de los Pacers hizo la bandeja, y el saltarín Walker logró tocar el balón lo suficiente como para evitar que entrara. Ganan los Knicks y se clasifican para playoffs.



Esta victoria supuso la vindicación de todo el equipo. Ya antes de la victoria el ambiente había cambiado y la prensa y la afición se habían rendido a un equipo que parecía encarnar el espíritu neoyorquino de la lucha sin cuartel y el triunfo sin brillo pero sin descanso. Sin embargo, era esta clasificación lo que confirmaba el planteamiento de Rick Pitino, el acierto con un Mark Jackson elegido rookie del año y el liderazgo de Pat Ewing.

Claro que la recompensa era cruzarse en playoffs con los Boston Celtics, vigentes finalistas de la NBA. Cansados, superados por sus rivales e imposibilitados para usar la presión, los Knicks perdieron claramente sus dos partidos en el Boston Garden donde Larry Bird y Kevin McHale jugaron a placer con Johnny Newman y Sidney Green. Hasta tal punto llegó la inferioridad de la línea de aleros que Pitino se planteó seriamente jugar con Orr y Cartwright, aunque eventualmente lo descartó. Además, Dennis Johnson sacó su arsenal de trucos de veterano y anuló completamente a Mark Jackson.

El objetivo ahora era evitar un ignominioso 3-0. Con Ewing incontestable, el apoyo de Wilkins y por fin la resurrección de Newman y Jackson permitieron obtener una clara victoria en el Madison y recibir finalmente los aplausos de una grada entregada a sus jugadores. Poco importó que los Celtics se llevaran la victoria en el cuarto partido para dar fin a la temporada de los Knicks.

Estaban vivos, y eso es lo que cuenta.

Evolución de la plantilla



Durante la pretemporada, dos cosas quedaron claras para los Knicks: la primera, que incluso contando con que algunos jugadores empezarían la temporada lesionados, la amplia nómina de jugadores bajo contrato hacía punto menos que imposible que alguno de los “temporeros” llegara al comienzo de la temporada; la segunda, que varios jugadores lo iban a pasar muy mal para adaptarse al estilo de Pitino, si es que llegaban a hacerlo. Louis Orr y Bill Cartwright eran ya muy veteranos para poder ofrecer el derroche de energía que se les exigía, Pat Cummings simplemente era demasiado lento, y Moore... Ron Moore había llegado en mal estado de forma y se convirtió en la primera cruz de Rick Pitino, que se pasaba los entrenamientos chillándole que no se parara, que corriera, que se esforzara etc. Para un entrenador que prohibía a sus jugadores dar muestras de cansancio o debilidad que pudieran dar ánimos al rival (cosas como apoyarse en las rodillas o sentarse durante los tiempos muertos), un jugador que se ahogaba a la segunda defensa era un anatema. Finalmente, los Knicks se deshicieron de él cuando la oferta a Sidney Green como agente libre se negoció para transformarla en un traspaso con los Pistons a cambio de Ron Moore y una segunda ronda para 1988 que habían recibido de Sacramento (Fennis Dembo).

La estructura de la plantilla y su digievolución durante la temporada fue la siguiente:

BASES: Lo mejor y lo peor.

Mark Jackson, Gerald Henderson, Rory Sparrow, Tony White, Billy Donovan, Rick Carlisle, Sedric Toney.

El puesto de base produjo las mayores alegrías y tristezas para los Knicks esta temporada. Inicialmente, el plan estaba bien definido: Henderson sería el base titular, con Sparrow como suplente para ir dando paso poco a poco al novato Mark Jackson y presumiblemente culminar con el traspaso de Rory Sparrow a mitad de temporada o así. Las circunstancias, empero, fueron otras.

Para empezar, Mark Jackson se negó a firmar por el salario mínimo, que era lo único que le podían ofrecer en ese momento debido al tope salarial. La ausencia de Jackson del campus de pretemporada fue uno de los primeros inconvenientes con los que tropezó Pitino (que en sus ansias de empezar a trabajar había sido multado por entrenar con los jugadores drafteados antes de que éstos firmaran contrato), pero al fin se resolvió enviando al descontento Jawann Oldham a los Kings a cambio de la segunda ronda antes mencionada (Dembo).

Ya bajo contrato, el problema fue el inverso: bajo el “sistema Pitino”, Mark Jackson jugó el mejor baloncesto de su carrera y terminó alzándose con el galardón de Rookie of the Year. Jackson se había incorporado a la plantilla con muchas dudas, durante su pugna con la franquicia por conseguir un mejor salario había sido objeto de una campaña de desprestigio por parte de la prensa, que afirmaba que un base tan lento iba a tener problemas para establecerse en la liga y por tanto no debiera andarse con exigencias. Rick Pitino, sin embargo, se dedicó a estimular su confianza y a repetir una y otra vez que no lo cambiaría por ningún otro rookie del draft, ni por ningún otro base de la liga excepto quizás Magic o Isiah. Como resultado, Mark Jackson salió como un torete y en apenas un par de partidos ya jugaba en grueso de los minutos como base.

Encantado con el desarrollo de los acontecimientos y con angustiosa necesidad de un alero anotador, Rick Pitino decidió aprovechar la oportunidad para traspasar a Rory Sparrow (a los Bulls, a cambio de una segunda ronda) y usar esa plaza en fichar a Johnny Newman, que había sido cortado por los Cleveland Cavaliers en pretemporada. Sin embargo, esta decisión resultó ser apresurada: apenas un par de partidos después Mark Jackson ya era titular establecido, y Gerald Henderson montó un pitote en el banquillo diciendo que él había sido titular y campeón de la NBA, y no iba a jugar los minutillos de la basura detrás de un novato. La cólera de Rick Pitino no conoció límites, porque sentía con razón que Henderson había traicionado el mandamiento fundamental de los nuevos Knicks que estaba intentando forjar: el equipo por encima del individuo. Rick Pitino exigió el despido fulminante de Gerald Henderson, y éste se vio cortado antes de haberse quitado las calzonas.

La marcha en rápida sucesión de Sparrow y Henderson dejaba al equipo sin un base suplente. Pitino quería fichar al que fuera su estrella en Providence, el escolta anotador Billy “the Kid” Donovan (¿no os suena esta historia y los futuros Celtics?) y reconvertirlo a base. Al Bianchi, sin embargo, vetó la contratación: la prensa vería con muy malos ojos un caso de favoritismo tan flagrante como despedir a un campeón de la NBA y sustituirlo por un jugador que acababa de ser cortado en la CBA solamente porque tenía amistad con el entrenador. Rick Pitino hubo de ceder, y en su lugar se fichó a Tony White.

White era un rookie que había sido escolta anotador en NCAA, y que no logró adaptarse al puesto de base. Su mal rendimiento le dio la oportunidad a Pitino de salirse con la suya y fichar a Billy Donovan, pero éste se encontró con los mismos problemas. Pitino lo aguantó todo lo que pudo en plantilla, metiéndolo y sacándolo de la lista de lesionados mientras Bianchi intentaba contratar a gente como Sedale Threatt o Frank Williams, pero finalmente hubo de aceptar su sustitución.

El elegido fue otro ex Celtic, Rick Carlisle. Aunque Carlisle era en realidad un alero, además de su tiro tenía como virtud una muy buena lectura del juego y capacidad de pase, el tipo de jugador total que encajaba como un guante en el estilo de Rick Pitino. Igual que le sucediera en Boston, Carlisle tuvo un debut espectacular, anotando 20 puntos aprovechando que la defensa rival le flotaba descaradamente; desgraciadamente, no tuvo continuidad y además el hecho de no ser en realidad un base era un hándicap para la rotación. Terminó enterrado en la IR, y se fichó a Sedric Toney, por fin un auténtico base que sí terminó la temporada en el equipo.

ESCOLTAS: Irregularidad.

Gerald “Dougie” Wilkins, Trent Tucker.

La temporada empezó con muchas dudas en el puesto de escolta. Wilkins, convertido ya en un anotador destacado, se había ganado fama de mal defensor, nulo pasador y poseedor de una selección de tiro mediocre y egoísta. Que llegara al campamento de verano pidiendo que lo llamaran “dougie” en homenaje a su rapero favorito “Doug E. Fresh” tampoco presagiaba mucha madurez. Por su parte, Trent Tucker también estaba inmerso en una pugna con la gerencia por su renovación. La irregularidad de Tucker y el hecho de no haber alcanzado el nivel que se esperaba de él había sido una de las causas que contribuyeran al fracaso de Hubie Brown, por no hablar de que era un jugador con poca querencia por los entrenamientos y mucha por las filtraciones malintencionadas a la prensa. Sin embargo, era un gran triplista en una plantilla de malos tiradores, y el triple era una de las herramientas fundamentales en el baloncesto según Pitino. También era mucho mejor defensor que Wilkins.

Durante la temporada, Rick Pitino trabajó denodadamente para “convertir” a estos jugadores a su religión; con Tucker fracasó, ya que se negó a aceptar sus errores y limitaciones o a trabajar sus puntos débiles sino que siguió jugando como siempre. Sin embargo, Gerald Wilkins progresó notablemente en estos nuevos Knicks. Mejoró su selección de tiro y su capacidad de pase, pero sobre todo sacó unas aptitudes defensivas desconocidas hasta la fecha, demostrando haber aprendido la principal lección que Pitino intentaba grabar en la mente de los jugadores más jóvenes: “si expandes tu juego, en el futuro tendrás más minutos y mejores contratos”.

ALEROS: Progresando.

Johnny Newman, Kenny Walker, Louis Orr, Carey “Dog” Scurry.



El puesto de alero fue una de las mayores fuentes de frustración para Rick Pitino esta temporada, aunque como consuelo cabe decir que poco a poco se iban sentando las bases para resolver las angustiosas carencias en esta posición.

La raíz de todo reside, por supuesto, en la no renovación de Bernard King. Sin él, el puesto quedaba en manos del joven aunque sumamente atribulado Kenny “Sky” Walker, que ya demostrara su incapacidad para cubrir la posición antes y lo ratificaría ahora. Con dramática necesidad de puntos desde este puesto, los Knicks pillaron como agente libre a Johnny Newman, un buen prospecto colegial que no había logrado aclimatarse a la NBA en su año rookie con los Cavs. Newman era un jugador con tendencia a la pasividad al que había que empujar constantemente, pero desde el principio mostró su capacidad de producir canastas aunque fuera a costa de una irregularidad galopante que a veces obligó a Pitino a recurrir a Louis Orr para obtener algo, aunque fuera defensa, del puesto de “tres”.

Entre eso y la notoria ineptitud de Walker, la prensa neoyorquina tuvo todas las facilidades del mundo para lanzar una campaña abogando por el retorno del “hijo pródigo” de St. John’s, un Chris Mullin “exiliado” en San Francisco. Durante meses se especuló abiertamente con la posibilidad de un intercambio Mullin-Wilkins, lo cual impactó negativamente en el rendimiento de Gerald Wilkins, que se veía traspasado, y también Johnny Newman y Kenny Walker, que se veían ninguneados. Estos rumores no disminuyeron hasta que Mullin ingresó en una clínica para tratarse su adicción al alcohol; esto no puso fin por completo a las especulaciones, pero sí otorgó al equipo un respiro muy necesitado. En el tramo final de la temporada, Newman fue asentándose por fin en el equipo y terminó haciéndose con la titularidad para ofrecer algunas muy buenas actuaciones.

Louis Orr era un problema de otra índole para Rick Pitino. Orr y Pitino tenían una larguísima relación, ya que Pitino abandonó su luna de miel para reclutar a Orr para la universidad de Syracuse (que lo había contratado como asistente en su misma noche de bodas). Dos años de jugar demasiados minutos cubriendo la baja de Bernard King le habían pasado factura al veterano Louie, que tuvo que ser operado de una hernia discal ese verano y perderse el principio de la temporada. Louis Orr quería minutos para mostrarse a la liga, probar que estaba recuperado y conseguir otro contrato más, pero era consciente de que ya no tenía lugar en el esquema de estos nuevos Knicks. Pitino habló con él claramente, y aunque el jugador no lo pasó bien ya que apenas tuvo minutos, su comportamiento pleno de profesionalidad siendo un líder veterano en el vestuario resultó muy importante para el equipo.

También pasó por la plantilla el especialista defensivo Carey Scurry, cortado por los Jazz tras liarse a tortas con Mel Turpin, pero apenas le dio tiempo a deshacer las maletas.

ALAPÍVOTS: Mucho ruido y pocas nueces.

Sidney Green, Pat Cummings, Ray Tolbert, Chris McNealy, Bob Thornton.



Ray Tolbert fue el único de los “temporeros” nuevos que logró salir del campus de verano con un empleo. Un empleo temporal, en cualquier caso: cuando se fueron recuperando jugadores, su utilidad fue menguando hasta ser cortado en Diciembre. Poco después siguió el mismo camino Chris McNealy, y finalmente Bob Thornton. Los tres se habían dejado la piel en los entrenamientos, pero simplemente no daban el nivel, y el equipo tenía demasiados contratos garantizados como para aguantarlos por aguantarlos. Ésa no fue la noticia más importante generada por el puesto de “cuatro”, precisamente.

Sidney Green fue exactamente lo que cabía esperar: los aficionados no lo recibieron con cariño precisamente, viniendo como venía en vez de Bernard King. Y Green no reaccionó bien, igual que no había reaccionado bien en Chicago o Detroit. Sidney Green era sin duda tan buen reboteador como había sido dicho, pero también manifestaba un cariño no correspondido por las suspensiones a media y larga distancia, y unos lapsus defensivos que en el universo según Pitino tienen reservado un círculo del infierno solamente para quienes los cometen. Jugador completito, a mitad de temporada tuvo una pelea a gritos con Pitino en mitad de un partido, que ya os imagináis cómo le vino a los periodistas. Un periódico neoyorquino escribió que Chuck Daly había enmarcado la frase de Rick Pitino “No voy a darme por vencido con Sidney Green como hicieron sus entrenadores anteriores” y la había colgado en su despacho. Sobre todo, Pitino se quejaba de que Green era absolutamente incapaz de admitir un error, y por tanto de trabajar para corregirlo.

Pat Cummings fue durante casi toda la temporada una mala cara al final del banquillo, en más de un sentido. Estaba harto de la ciudad y de la prensa que constantemente encontraba maneras de insultar su apariencia, no se adaptaba al estilo de Pitino y no tenía los minutos que necesitaba en su “contract year” para mejorar su valor de mercado. Hubo intentos de traspasarlo, el más serio a Portland a cambio de una segunda ronda, pero su altísimo contrato lo hacía casi imposible. Sin embargo, a pesar de algunas declaraciones a la prensa admitiendo su descontento, nunca llegó a adoptar una actitud poco profesional ni a convertirse en un problema real. Y cuando al final de la temporada Pitino decidió cambiar de opinión y sacarlo en algunos partidos decisivos, Cummings rindió de manera sorprendentemente eficaz. No lo bastante como para ganarse minutos consistentes, pero sí al menos para echarle una mano al equipo.

PÍVOTS: Algo bueno, por fin.

Pat Ewing, Bill Cartwright.

Inicialmente, la marcha de Oldham traspasado a los Kings fue vista con cierta preocupación: después de todo, ni Ewing no sobre todo Cartwright habían sido ejemplo de salud y resistencia a las lesiones. De hecho, durante buena parte de la temporada se mantuvo a algún cuatro temporero de los mencionados antes (Tolbert, Thornton) por si fuera necesario poner a Cummings de “cinco”. Afortunadamente, no fue el caso sino que ambos jugadores gozaron de buena salud toda la temporada.

Rick Pitino había llegado albergando serias dudas sobre la viabilidad de esta posición: Pat Ewing se había ganado fama de jugador poco trabajador y poco colaborador con los entrenadores, mientras que Bill Cartwright solamente quería ser traspasado. Además, el plan de Pitino de crear una atmósfera de equipo universitario no iba a cuajar con los jugadores más veteranos (Orr, Cartwright, Cummings, Tucker, Sparrow, Henderson) a los que esa historia ya les venía de lejos. Sin embargo, Ewing abrazó este nuevo baloncesto desde el primer día, incluso antes de que llegaran las victorias que por fin le permitieron acabar con la fama de perdedor que le perseguía en profesionales.

El caso de Bill Cartwright era más complejo. Ya desde pretemporada se rumoreó insistentemente su traspaso a los Hawks, pero no cuajó. Las conversaciones con Dallas sobre Detlef Schrempf tampoco llegaron a nada, y el resultado fue que Al Bianchi tuvo que avisar a Pitino de que podría encontrarse con Bill Cartwright en el banquillo toda la temporada. En este tema, Bianchi tenía una opinión radicalmente diferente a la de la prensa: éstos recordaban con pavor los tiempos de “inacción” bajo DeBusschere y Stirling, y exigían un traspaso inmediato ante el temor de que en cualquier momento una lesión eliminara cualquier valor que pudiera tener en el mercado. Al Bianchi, sin embargo, pensaba que el error de los Knicks había sido precisamente la precipitación, fichando apresuradamente a jugadores como Pat Cummings o Gerald Henderson y renovando a Rory Sparrow, siempre por encima de su valor y atando a la franquicia de pies y manos a contratos largos y gravosos. Era necesario buscar un buen traspaso, y hasta que surgiera mantendrían la misma plantilla.

Rick Pitino intentó poner al mal tiempo buena cara. “Hay cosas peores que tener a Pat Ewing y Bill Cartwright en el mismo equipo”, decía. Sin embargo, la debilidad del puesto de “cuatro” lo obligó eventualmente a afrontar el tipo de decisión que te deja sin empleo: poner a Ewing y Cartwright simultáneamente en pista. Eso sí, siempre de manera puntual y manteniendo a Ewing de “cinco”. Todo esto significaba poco para un Bill Cartwright que se limitó a cumplir con su trabajo sin brillantez pero con seriedad, aceptando que de momento su libertad estaba lejos. Cartwright estaba hastiado de la ciudad, de los aficionados y de la prensa, y no llegó a acostumbrarse a tener que tratar por la noche como amigos de toda la vida al mismo Peter Vecsey que lo llamaba “Billy Idle” en el periódico de la mañana.

En cualquier caso, una vez que pasó la fecha límite de traspasos el juego de Cartwright mejoró, y terminó siendo uno de los factores en el buen final de temporada de la franquicia.