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Mis Fantasmas Favoritos

The Man Who Shot Bernard King



La saga de la contratación del entrenador dejó paso, sin solución de continuidad, a la saga de la renovación de Bernard King.

La franquicia se encontraba ante una difícil situación: por una parte, King había recuperado su lugar en el corazón de los aficionados en tan sólo 6 partidos, y su esfuerzo para rehabilitarse sólo cabe calificarse de épico. Por otra parte, pedía una renovación multiaño empezando desde los $875.000 y subiendo, los médicos no garantizaban ni su recuperación para poder jugar a nivel NBA ni lo que podía durar la misma, y el estilo que pretendía implantar Rick Pitino de constante derroche físico era probablemente la peor idea para esa rodilla reconstruida. Incluso si Bernard King estaba en disposición de jugar algunos años más, como así resultó, sería mejor que lo hiciera en un equipo que no pretendiera jugar a todo trapo los 48 minutos. En esto coincidían Rick Pitino y Al Bianchi. Sin embargo, la manera de hacerlo público no fue la mejor: en lugar de dar una respuesta directa al jugador, a su agente o a los aficionados, se anunció que se hacía una oferta al agente libre Sidney Green, lo cual llevaba implícito el descarte de King ya que dejaba a los Knicks sin espacio salarial para la renovación.


¿Guard?

Sidney Green era uno de esos conflictivos proyectos de Jerry Tarkanian en UNLV, donde había destacado como un alapívot anotador y muy buen reboteador, drafteado como nº 5 por los Chicago Bulls.



Su carrera en la NBA, sin embargo, no respondió a las expectativas. Efectivamente, era un magnífico reboteador, pero propenso a los lapsus defensivos y a una mala selección de tiro. Además, era un jugador problemático que se enfrentaba periódicamente a compañeros y entrenadores. De Chicago fue traspasado a Detroit, donde en estos momentos estaban deseando deshacerse de él como fuera después de enfrentarse a Isiah Thomas (llegaron a “tocarse la cara”), a quien Green consideraba la influencia que había hecho que Daly lo postergara en la rotación.



Bernard King siguió adelante y firmó con los Washington Bullets, donde aún jugó tres temporadas y logró ser All Star una vez, pero para los Knicks se convirtió en una especie de “espíritu de las navidades pasadas”: durante la pretemporada y los primeros meses de competición, los aficionados coreaban regularmente “We Want Bernard”, abucheaban a Kenny Walker (su sustituto como “tres” titular) y a Sidney Green, e incluso un periódico de la ciudad incluía una sección llamada “Bernard Watch” en la que se publicaban sus estadísticas con los Bullets, comparándolas con las de los aleros de los Knicks. La cosa llegó a tal punto, que Rick Pitino se vio obligado a tomar medidas tales como quitar a un deprimido Walker del quinteto titular para ahorrarle los abucheos, y a cambiar el orden de las presentaciones para que Mark Jackson saliera el primero, ya que era un novato y los aficionados no lo culparían de las desgracias del equipo.

Sea como fuere, la era Bernard King en los Knicks había terminado. The King is dead, long live the Knicks.

Reconstrucción, otra vez



En 1987 la franquicia de New York se encontraba otra vez con la necesidad de empezar de cero. Las necesidades empezaban por la propia gerencia, donde había que sustituir al entrenador interino Bob Hill y al GM Scotty Stirling. Además, el equipo necesitaba angustiosamente anotación, lo que se subdividía en mejores pases, mejor tiro y al menos un alero anotador explosivo. También necesitaban rebote, y sobre todo reorganizar la caótica situación contractual de la plantilla.

Por un lado, varios jugadores como Rory Sparrow o Trent Tucker habían terminado contrato y era necesario renovarlos, pero eso dejaba sin espacio salarial para firmar a la futura primera ronda del draft. Por otro, varios jugadores bajo contrato como Bill Cartwright o Jawann Oldham habían manifestado su deseo de salir del equipo, lo cual no era precisamente fácil considerando sus sueldos. Finalmente, jugadores como Pat Cummings o Louis Orr estaban en el último año de unos contratos que evidentemente no serían renovados, y temían no disponer de los minutos de juego suficientes para exhibirse por la liga y lograr que otro equipo les hiciera una oferta. Pero sobre todo el gran dilema de la temporada era la renovación de Bernard King, que había terminado contrato. ¿Se arriesgarían a confiar en su rodilla reconstruida, o dejarían ir al favorito de los aficionados que venía de dejarse la piel en una rehabilitación de dos años?

Lo primero es lo primero, y lo primero era el draft: sin tener aún estructura montada, los Knicks se vieron obligados a afrontar el draft, y lo cierto es que lo hicieron que sorprendente solvencia: en primera ronda eligieron a Mark Jackson, estrella local y gran pasador pero con fama de lento y mal tirador; en segunda ronda cogieron al pívot Ron Moore, que tras un periplo universitario decepcionante para su calidad, había perdido 15 kilos antes de su temporada senior y había demostrado cierta capacidad de rebote y anotación.



Una vez resuelto lo urgente, era la hora de lo importante.

El fichaje de Rick Pitino por los New York Knicks se terminó convirtiendo en un culebrón que rivalizó en cobertura informativa con la elección de Pat Ewing años antes, a pesar de que empezó con pocas pretensiones: se anunció que el acuerdo entre el entrenador de Providence y los Knicks era inminente. A priori, parecía una elección lógica. Un entrenador joven y agresivo, que había tomado dos programas dejados de la mano de dios y los había levantado hasta ponerlos entre los mejores del país, y que además ya conocía de cerca al equipo de su etapa como ayudante de Hubie Brown.

Las cosas, sin embargo, se torcieron a partir de ahí con dos anuncios casi simultáneos: por una parte, se publicó que Pitino había viajado a Phoenix para recibir una oferta de los Suns, y por otra se publicó que los Knicks estaban en contactos con Don Nelson, recién despedido por los Bucks. Todo se fue complicando a partir de ahí; Pitino afirmó más tarde que nunca tuvo intenciones reales de fichar por los Suns pero que se había comprometido a visitarles y no podía echarse atrás (“fue sin querer queriendo” y tal), aunque muy probablemente ambas partes intentaban meterse presión para la negociación. Rick Pitino pretendía concentrar las funciones de entrenador y Mánager General (como lograra años después en Boston, donde todos aprendimos una valiosa lección igual que en un episodio de Blossom), pero los Knicks no estaban preparados para comprometerse hasta ese punto. Pitino puso la fecha tope del 1 de Mayo para la resolución del caso, y ante la falta de oferta de New York firmó una renovación de cinco años con su universidad.

Por su lado, el “caso Nelson” tenía vida propia en los papeles, ya que el propietario de la franquicia de Milwaukee no le dio permiso para hablar con los de New York (Nelson seguía cobrando sus años de contrato y una cláusula lo ataba). Los Knicks contraatacaron diciendo que la cláusula solamente le prohibía aceptar el puesto de entrenador pero no el de GM. Los Bucks exigieron una compensación no económica, y el tira y afloja terminó con Don Nelson convertido en nuevo entrenador… de los Golden State Warriors.

Luego sonaron varios nombres más, como los de Doug Moe (otro atado por una cláusula al que se mencionó como posible GM) y John MacLeod, pero el que tuvo más posibilidades tras Nelson fue Jimmy Rodgers, asistente de Boston. Los Celtics frenaron en seco estas negociaciones al exigir una segunda ronda del draft como compensación.

No les fue mejor con los Mánagers: pensaron tener atado a Jack McClosky, de los Pistons, pero en el último momento éste anunció que prefería renovar con Detroit. Esto les costó también su candidato nº 2, Dave Checketts, que se retiró del “mercado” al enterarse de lo de McClosky (los Knicks le habían prometido comunicarle si aparecía algún otro candidato). Como os podéis imaginar, la prensa neoyorquina tuvo material de sobra para burlarse de la incapacidad de la franquicia para lograr atraer a alguno de sus candidatos.

Finalmente, y con cierta sorpresa, los Knicks anunciaron la contratación de Al Bianchi, un veterano curtido en mil batallas de la NBA (ex jugador, ex entrenador, ex asistente, ex directivo, etc) que había estado de entrenador asistente en los Suns y poseía una inmejorable reputación de no asustarse ante nada ni nadie.


Siento la pinta, es que estoy en la ABA.

El primer trabajo de Al Bianchi era, lógicamente, conseguir un entrenador. Bianchi decidió volver a la primera casilla y considerar que si Rick Pitino había sido el candidato ideal al comienzo, aún debía serlo. Los Knicks hicieron por fin una oferta firme a Pitino, y tras obtener la aprobación de su Universidad, éste aceptó.

Ya tenían jefes. ¿Tendrían equipo?

Temporada 1986 – 1987: El descabello.





Para afrontar la nueva temporada, Scotty Stirling estaba decidido a evitar a toda costa la imagen de pasividad y esclerosis que le había costado el puesto a Dave DeBusschere. Más importante, los mismos corrillos de la gerencia de New York que en realidad habían impedido a éste ejercer su labor cedieron al menos temporalmente para dar mano libre al GM.

Tres eran las necesidades del equipo: un base que sustituyera a Darrell Walker, cuyos días en la franquicia estaban contados (durante buena parte de la temporada anterior se especuló con la posibilidad de repescar a Norm Nixon); un alero como seguro a pesar de que se suponía que Bernard King estaría recuperado para esta temporada; un pívot para completar la rotación interior sin necesidad de recurrir a paquetes del fondo del draft (Bannister), de Europa (Thornton) o de la CBA (McNealy).



El primer recurso era por supuesto el draft. Después de jugar al despiste dejando caer nombres como el de Walter Berry y tal, Stirling eligió en el nº 5 al alapívot Kenny “Sky” Walker, un prolífico anotador y aceptable reboteador que venía de brillar Kentucky. En segunda ronda los Knicks habrían de lamentar la pérdida de su elección, malvendida por “Butch” Carter y que terminaría siendo Mark Price; la que habían obtenido de los Celtics se convirtió en el también base Michael Jackson, un jugador de nivel muy inferior que solamente llegó a pregunta de trivial como suplente en los Kings. Inicialmente pareció que tenía ciertas posibilidades de lograr el contrato garantizado, pero un hombro dislocado en los partidos de preparación dio con sus huesos en el waiver wire.


Will Dunk For Food.

Para el puesto de pívot, y una vez que James Bailey salió del equipo echando pestes del “negrero” de Hubie Brown, los Knicks optaron por uno de los jugadores más enigmáticos de los años 80: Jawann Oldham. Como era práctica habitual en la época, los Knicks le hicieron una oferta como agente libre (5 años, $1.6 minolles), y Chicago tuvo que negociar al no poder igualar. Finalmente, los Knicks enviaron a Darrell Walker a Denver a cambio de una primera ronda para 1987 (Olden Polynice), y a su vez dieron esa primera ronda a los Bulls a cambio del mencionado Oldham.



Objetivamente, Jawann Oldham era un pívot rápido y atlético, buen taponador y aceptable reboteador pero pésimo en ataque que tuvo una carrera poco distinguida como banquillero del montón. Sin embargo, por alguna razón se consideraba uno de los mejores pívots de la liga (definía su anotación como de un nivel similar al de Jabbar), y lo que ya es de traca es que durante un tiempo tuvo efectivamente una cotización en la liga absolutamente desproporcionada con su rendimiento real. Bastó una temporada aceptable en Chicago para que los Lakers intentaran desesperadamente su fichaje antes de optar por Mychal Thompson, y los Knicks no fueron el único equipo interesado en su contratación como agente libre. Fue desde luego una cuestión puramente coyuntural, un momento en el que el valor de los pívots rápidos y atléticos se disparó debido a la universalización del concepto de Twin Towers del que ya volveremos a hablar. Como otros muchos equipos, New York vio en él a un posible 4-5 de rotación de calidad; antes de terminar la temporada, sin embargo, Jawann Oldham habría sido apodado por sus compañeros “Alf” (como el extraterrestre de la tele) y el propio jugador habría hecho pública su exigencia de ser traspasado inmediatamente debido a la absurda obstinación de la franquicia de basar su ataque en Patrick Ewing y no en él. Así, como suena.

Finalmente, los Knicks adquirieron ya empezada la temporada al veterano base Gerald Henderson, procedente de los Sonics a cambio de una segunda ronda para 1990 (Steve Henson).



Mientras, Richie Adubato marchó a Dallas como asistente de Doug Moe, y Ernie Grunfeld se retiró para pasar a las oficinas (inicialmente como comentarista, creo).

A pesar de este aparente torbellino de actividad, el resultado final sería muy similar al obtenido por la pasividad de DeBusschere: la cola del paro. Henderson ya era demasiado veterano y Oldham demasiado malo, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a aceptar un rol secundario. Kenny Walker no pasaría de brillar en los concursos de mates, y la falta de beneficios en su gestión le costaría su empleo a Scotty Stirling al final de la temporada, después de poco más de un año en el cargo.

Las Torres Gemelas.


Imagen calculada para inducir horror.

Lo cierto es que seguramente sea un poco injusto criticar a Stirling por no ser capaz de sacar al equipo de un picado que seguramente ni Red Auerbach hubiera sido capaz de remontar.

El divorcio entre el equipo y el entorno (aficionados, prensa) era manifiesto. Cartwright había pasado de “Invisibill” a “Medical bill” y finalmente a un simple y despectivo “Mr Bill”. La llegada de Ewing lo hacía prescindible a ojos de la mayoría, y los rumores sobre su inminente traspaso se alternaban con las burlas sobre su rendimiento y su capacidad de mantenerse sano, llegando a rozar lo ofensivo cuando se anunció que se perdería el principio de la temporada debido a un corte en el tendón de una mano producido por un golpe contra una bombilla. Hay que admitir que sus sucesivos problemas físicos llegaban a lo ridículo, pero el hecho es que Cartwright había perdido toda ilusión o interés y se limitaba a cumplir el expediente por profesionalidad esperando un traspaso que no acababa de llegar.

Tres cuartos de lo mismo para Pat Cummings, que de flamante anotador interior había pasado a ser apodado “shortcummings” debido a sus notorias carencias defensivas. Cummings no carecía de voluntad de trabajo, pero también era un jugador problemático asolado por los problemas físicos. Esta vez se perdió casi media temporada por una lesión en el tendón anular de una mano, y su papel en el equipo se iba reduciendo cada vez más.

Las críticas estaban alcanzando incluso a las estrellas, antes intocables. A pesar de su aparición en el All Star y de su título de Rookie del Año, las cañas pronto se volvieron lanzas para Patrick Ewing. Por un lado, el que fuera dominador interior físico del juego parecía estar evolucionando a un jugador más de media distancia. Por otro, su talante se avenía mal con el ritmo de vida correspondiente al Madison Square Garden. Pat Ewing había sido un joven tímido y retraído, concentrado en su juego y poco dado a las relaciones públicas. Georgetown había sido el entorno ideal para él, pero al mismo tiempo el régimen de aislamiento extremo implantado por John Thompson (famoso por mantener a sus jugadores lejos del alcance de la prensa e incluso por mantener en secreto su alojamiento durante la Final Four) había exacerbado esas características hasta dejarlo en mala situación para afrontar de forma adecuada a la prensa y a los fans de New York. Las críticas lo herían, y su actitud retraída resultaba arrogante sobre todo con la carencia de alguna otra estrella veterana que compartiera el foco.

Porque los días de vino y rosas de Bernard King también habían llegado a su fin. Cuando su esperado retorno a las canchas volvió a verse demorado al meter el pie en un hoyo mientras hacía footing y resentirse la rodilla, la prensa cargó contra él. Se lo acusó, fundamentalmente, de no viajar con el equipo que le pagaba tantos miles de dólares. Como suena. La insinuación, por supuesto, estaba clara: falta de implicación, quizás desinterés por la recuperación mientras los cheques siguieran llegando. Los dos años de reclusión casi absoluta le pasaron factura de forma injusta, y King tampoco supo cómo hacerle frente.

La bola seguía creciendo y arrastraba con todo a su paso. Ni siquiera el rookie Walker logró verse al margen de ello: jugador interior toda su carrera, su falta de altura y peso llevaron a los Knicks a decidir reconvertirlo al puesto de “tres”. Sin embargo, carecía de suficiente manejo de balón y de un tiro fiable a media o larga distancia, y pronto se encontró perdido en tierra de nadie. Antes de terminar la temporada, ya era abucheado durante las presentaciones del equipo.


Qué pronto lo vimos por aquí.

Pero el eje de todas las críticas era sin duda Hubie Brown. Su sistema de baloncesto control, la falta tanto de victorias como de juego vistoso, los enfrentamientos con los jugadores, la defenestración de DeBusschere... todo se juntaba para que las mayores críticas tanto de la prensa como de los aficionados se centraran en él, hasta el extremo de afectarle personalmente (posteriormente admitiría haber sufrido trastornos físicos y dificultades en su entorno familiar causadas por la presión). La situación llegó a tal punto que Hubie Brown tomó la decisión extrema de dejarse barba. Pago por fotos.

La estaca que le atravesó el corazón, sin embargo, fue autoinflingida. Brown tenía una gran confianza en Bill Cartwright, y no estaba de acuerdo en que la llegada de Ewing lo hiciera prescindible. Máxime cuando los Rockets acababan de imponer el concepto Twin Tower llegando a la final de la NBA aupados en Sampson y Olajuwon, para ser derrotados por unos Celtics que rotaban en las posiciones interiores a una “triple torre” con Parish, McHale y Walton. De golpe, todo el mundo quería jugar con dos pívots: los Lakers con Jabbar y Mychal Thompson, los Hawks con Willis y Rollins, los Pacers con Stipanovich y Herb Williams, etc. Los Knicks jugarían simultáneamente con Bill Cartwright y Patrick Ewing.

Cometieron dos errores, que diría Clint Eastwood. El primero fue decidir que Ewing era el jugador más adecuado para desplazarse al puesto de alero, y el segundo utilizar el método Hubie del “ordeno y mando”. Conociendo a Ewing, difícilmente hubiera aceptado cambiar su forma de jugar (ese tipo de flexibilidad no es el primer rasgo que se te viene a la cabeza cuando piensas “Pat Ewing”), pero esa manera de imponerlo hacía imposible cualquier remota opción de que lo aceptara.

El resultado fue un desastre: la defensa no mejoró, el ataque se estancó y descendió a niveles angustiosos, y con el equipo clavado en un 4-12 la gerencia decidió dar el paso obvio y cesó a Hubie Brown, sustituyéndolo temporalmente por su asistente Bob Hill.

Hill dio una mayor libertad al juego del equipo, pero los resultados no mejoraron particularmente. Ni siquiera después de que eliminara el concepto de torres gemelas tras debutar con una espectacular derrota en casa contra Phoenix. Ni la única noche alegre de la temporada, la victoria el día de Navidad contra los Bulls con 30 puntos de Jordan gracias a una canasta en el último segundo de Ewing, ni siquiera el retorno de Bernard King para los últimos seis partidos pudieron cambiar las cosas.



Era la hora de reconstruir. Otra vez.

El final del romance

Las lesiones de los hombres altos no fueron el único problema de los Knicks esta temporada. Ni siquiera el mayor.

Desde antes de empezar quedó bien claro que Hubie Brown estaba muy lejos de la satisfacción con su backcourt. Rory Sparrow estaba más o menos establecido como base, con Darrell Walker alternando ambas posiciones, Gerald Wilkins jugando de “dos” o “tres” según necesidad, y Trent Tucker como escolta tirador. El hecho de que Orr fuera el único alero capaz de cubrir la baja de Bernard King obligó a tirar muchos minutos de los escoltas, debilitando aún más el backcourt. El equipo empezó con ocho derrotas consecutivas, y en la mayoría se vieron superados en ataque y defensa por los sucesivos perímetros rivales.

Hubie Brown intentó introducir cambios sin éxito. Cortó a “Butch” Carter y repescó al mencionado Fred Cofield, modificó la alineación titular, dio más o menos minutos etc pero nada funcionó. En realidad, el problema era de simple falta de recursos: Sparrow y Tucker eran jugadores no más que medianos, Wilkins era rookie, Grunfeld estaba ya al borde de la retirada y Cofield era un jugador marginal.

Aún peor fue lo de Darrell Walker: después de que Hubie Brown lo eligiera como nuevo blanco de sus críticas, hacia la mitad de la temporada Walker no pudo más y se enfrentó a Hubie Brown públicamente durante un partido. Hasta el final de temporada, los rumores sobre su inminente traspaso fueron otra fuente más de distracciones para el equipo.

Era lo que faltaba para dar por terminado el romance de Hubie Brown con la afición y prensa neoyorquina. Las altísimas espectativas despertadas por la llegada del rookie dorado se vieron estrepitosamente desmentidas conforme se apilaron las derrotas. El equipo seguía jugando un basquet-control poco vistoso y del que los jugadores parecían hartos. La imagen de triunfador de Pat Ewing estaba perdiendo su dorado a ritmo veloz, y los enfrentamientos mal disimulados de Hubie Brown con diferentes miembros de la plantilla eran ya rutina.

En las oficinas, Dave DeBusschere se encontraba también bajo intenso fuego graneado. Por un lado, tanto él como su gran valedor Eddie Donovan no terminaban de comulgar con el enfoque de Brown de un juego controlado, en lugar de intentar aprovechar la velocidad de los jóvenes del equipo. Por otro, la queja constante del entrenador de que le faltaban jugadores se empezó a interpretar como una velada referencia a la gerencia. Después de todo, DeBusschere no había logrado culminar ninguno de los ambiciosos movimientos intentados. Desde la reconstrucción del equipo alrededor de Bernard King, todas las sucesivas incorporaciones habían llegado a través del draft. Incluso el agente libre estrella, Pat Cummings, no había tenido el impacto esperado. El equipo no había logrado cubrir las bajas de los lesionados, sobre todo la de King, y la imagen de pasividad resultaba alarmante.

Se desató una auténtica guerra en los despachos entre Hubie Brown y Dave DeBusschere, y el resultado final fue el cese de éste a mitad de temporada y su sustitución por Gordon “Scotty” Stirling como vicepresidente y GM.

La franquicia estaba ya en franca descomposición.

Enter... The Ewing Man!





Para comparar el grado de anticipación que tuvo el desembarco de Patrick Ewing en la NBA, solamente se me ocurren la llegada simultánea de Larry Bird y “Magic” Johnson en 1980, y más recientemente el fenómeno LeBron James. El tiempo y los fracasos pueden haber nublado nuestra memoria, pero en 1985 Ewing era el jugador anhelado desde su gran marcha a la NCAA en su año freshman. Jordan fue un donnadie, Barkley un chiste rápido, O’Neal la mitad de una aberración estadística comparados con el enorme revuelo generado por don Pat Ewing. Por primera vez, la ceremonia del draft hubo de restringir el acceso a los medios debidamente acreditados ante la previsible avalancha. Los Washington Bullets, que no tenían elección de lotería, utilizaron a Ewing como principal reclamo en su campaña de abonos: “¡podrá ver a Ewing tres veces esta temporada!”.

Y los New York Knicks ganaron la lotería.

Para acabar con el controvertido sistema del cara o cruz, la NBA había optado por crear el sistema de lotería, por el cual el orden se determinaría sacando al azar sobres conteniendo los nombres de los siete equipos que no habían entrado en playoff, independientemente del orden en que hubieran quedado. La suerte sonrió a los Knicks y apuñaló a los Warriors, que con cinco victorias menos quedaron relegados al nº 7 del draft. [Aunque tuvieron suerte al pillar a Chris Mullin: el impacto de la elección de Ewing queda más en relieve al ver que el resto de la lotería son la mitad estrellas secundarias como Mullin, Xavier McDaniel o Wayman Tisdale, la mitad paquetoides infames como Benoit Benjamin, Jon Koncak o Joe Kleine; éste fue el draft de los sleepers, con Karl Malone, Joe Dumars o Terry Porter entrando de puntillas.] La NBA hubo de anunciar cambios inmediatos al sistema para temporadas subsiguientes.

Fue la bomba, y los Knicks pasaron de golpe a ser la auténtica joya de la gran manzana, hasta tal punto que arreciaron los rumores de manipulación en el sorteo con el supuesto objetivo de apuntalar a una franquicia estratégicamente vital que pasaba malos momentos (los rumores oscilaban entre algún tipo de muesca delatora en el sobre local, y el clásico truco del enfriamiento neveril). Para los partidarios de las conspiraciones, la cronología resultaba particularmente sospechosa: Pat Ewing se descolgó con unas peticiones salariales descomunales, pero afortunadamente casi toda la plantilla de los Knicks terminaba contrato y por tanto el salary cap no era obstáculo.

Ewing firmó un contrato desorbitado para la época, $30 minolles por 10 años superando holgadamente al jugador mejor pagado del momento, Larry Bird con $2 minolles por temporada. Además, su contrato incluía cláusulas de revisión que garantizaban por escrito su permanencia en todo momento entre los jugadores mejor pagados de la liga. Asegurado ya el premio gordo, los Knicks pudieron abordar tranquilamente la renovación de Bill Cartwright, Louis Orr, Trent Tucker, Butch Carter, Ken Bannister y Ernie Grunfeld, más el fichaje de la segunda ronda: Gerald Wilkins. Aunque poco destacado en su momento, Wilkins completaría un gran draft para los de New York al revelarse pronto como un más que adecuado escolta titular. Una de las sagas de este verano fue el intento de los Knicks por contratar al agente libre Albert King, para ocupar la plaza de su hermano Bernard durante su lesión; hubiera sido una historia fantástica, pero en último término no se logró llevar a cabo ya que la NBA determinó que el contrato de “Truck” Robinson aún contaba para el tope salarial y dejó a los Knicks sin espacio suficiente para hacer una oferta con posibilidades.



Para redondear la plantilla, los Knicks le dieron de buena gana la patada a Ron Cavenall y optaron por contratar a Bob Thornton (de vuelta de Madrid) y el escolta Fred Cofield (su elección de cuarta ronda de esta temporada) de entre una plantilla veraniega formada por viejos conocidos como Marc Iavaroni, Ken Orange o David Russell, jornaleros NBA como Clinton Wheeler o auténticos desconocidos como Steve Burtt. Además, Bob Hill fue contratado como asistente para cubrir la marcha de Rick Pitino a Providence.



Sin embargo, lo que inicialmente se planteaba como un retorno a la grandeza pronto se encontró camino de ninguna parte por el recurrente problema de las lesiones. Una vez más, los Knicks pasarían la temporada en cuadro, más preocupados por poder poner en cancha a un quinteto que por aplicar el plan trazado en pretemporada.

Aparte de pequeñas lesioncillas veraniegas de Sparrow, Walker o Thornton, el primero en caer fue Eddie Lee Wilkins, que en un campus de verano se rompió el ligamento de la rodilla para perderse toda la temporada y de hecho no volver a ser un jugador relevante. A continuación, el anticipado retorno de Bill Cartwright sufrió un revés definitivo cuando una caída provocó la inflamación de su pie en lo que resultaría ser la tercera fractura del mismo pie; antes de terminar la temporada, habría sufrido la cuarta durante un fallido intento de retorno en Febrero. James Bailey volvió a sufrir un desvanecimiento durante un entrenamiento, el segundo en su etapa bajo Hubie Brown pero no el último: aún sufriría un tercer desmayo, y todavía le quedó tiempo para lesionarse una muñeca y perderse el final de temporada. Pat Ewing “el anhelado” ya empezó faltando a varios partidos de pretemporada por problemas con las rodillas, y terminó perdiéndose el último mes. Pat Cummings hubo de perderse varios partidos intermitentemente debido a tendinitis en su pierna derecha, y al final tuvo que pasar por el quirófano en Febrero y perderse el resto de la temporada.

Una vez más, la situación fue tan desesperada que terminaron fichando al esforzado Chris McNealy, mientras que el ínclito Bob Thornton terminó saliendo de titular 23 partidos.



Otra temporada a tomar viento.

1984-1985

quote:
Como resumen de la temporada pasada, debo decir que a pesar de todas nuestras defensas multiestructuradas, el sistema se vendría abajo si perdiéramos a Bernard King o a Bill Cartwright.
(Hubie Brown, verano de 1984)


quote:
Sólo hay una cosa que temer, que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas.
(Abracurcix, Mánager General de los Knicks, 1984)


Altas y Bajas

Al terminar la temporada 1983-84, dos eran las necesidades fundamentales percibidas para los Knicks: en primer lugar un ala-pívot para reemplazar a “Truck” Robinson, que a su juego irregular sumaba su edad y su enfrentamiento permanente con Hubie Brown; en segundo lugar, un escolta para sustituir al agente libre Ray Williams, que después de una buena temporada regular, había desaparecido en playoffs. Los Knicks le ofrecieron la renovación cobrando más o menos la mitad que el año anterior ($220.000 en vez de $400.000), y el jugador la rechazó.

Estas necesidades deberían ser cubiertas sin recurrir al draft, ya que los Knicks carecían de elecciones significativas este año: su primera ronda había terminado en Indiana en un traspaso a tres bandas a cambio de Ray Williams, y su segunda ronda había ido a los Nets como compensación por el fichaje de Len Elmore. Esta situación no era precisamente un triunfo para la franquicia de New York, ya que este mismo verano Ray Williams fue finalmente cortado y Len Elmore optó por retirarse a sus 32 años y matricularse en Derecho en Harvard. Poca recompensa a cambio de perder este draft.

Mientras los hermanos Bernard y Albert King participaban en el campamento de baloncesto de Dan Peterson en Milán y Hubie Brown pasaba por el quirófano para corregir la hernia discal que lo obligó a pasar intermitentemente por el hospital la temporada anterior, los Knicks se lanzaron al mercado de agentes libres y empezaron a hacer ofertas a todo lo que se movía (o incluso a lo que no se movía, como Pat Cummings) iniciando una tradición en el Madison que Isiah Thomas elevaría a la categoría de arte. El corazón tiene razones que la razón desconoce, y los Knicks ofrecieron $2 minolles a Pat Cummings de los Dallas Mavericks por cuatro temporadas más opción a una quinta, para que ocupara su plaza de ala-pívot. Como compensación por no igualar la oferta (!), los Knicks enviaron a Dallas una tercera ronda del draft para 1986 y una segunda para 1985; de nuevo, pan (duro) para hoy y hambre para mañana: esa tercera ronda sería intrascendente (Leonard Allen), pero la segunda ronda terminaría siendo todo un All-Star como Mark Price.

A continuación, los Knicks intentaron cubrir su hueco en el puesto de “dos”. Le ofrecieron $1.5 minolles por tres temporadas a Vinnie Johnson, pero los Pistons igualaron la oferta. New York intentó presentar una oferta mareante a Jim Paxson de los Blazers (más de $9 minolles por seis temporadas), pero la NBA la declaró inviable bajo las nuevas normas del tope salarial; mientras los Knicks recurrían a un arbitrio externo, los Blazers renovaron a Paxson y zanjaron el tema. Sedale Threatt fue invitado al campus de verano de New York, pero finalmente se descartó su fichaje. Previendo la posibilidad de tener que cubrir la plaza con los recursos existentes, los Knicks contrataron al entrenador de tiro Stu Lantz y lo pusieron a darle un cursillo intensivo a Darrell Walker con la idea de que si mejoraba el tiro exterior (la gran laguna de Walker), podría verse muchos minutos de “dos”. Menos mal que lo hicieron, porque finalmente el jugador fichado fue “Butch” Carter, un musculoso escolta traído de los Pacers a cambio de la segunda ronda de 1985 y que no pasaba de ser un suplente digno. A medio plazo, la solución se resolvería cuando los Celtics ficharon a Ray Williams en Febrero y como compensación enviaron a New York una segunda ronda para 1985 que terminaría siendo Gerald Wilkins, el futuro dueño del puesto de escolta en el equipo.

Y sin más ni más, se acabó.

Durante las pruebas médicas de la pretemporada, a Bill Cartwright se le diagnosticó una fractura en un hueso del pie derecho por la que se perdería unas cuatro semanas producida durante una sesión de footing; lo que parecía un inconveniente molesto se transformaría en un drama carcelario cuando ya empezada la temporada y aparentemente recuperado, el jugador volvió a fracturarse el mismo mientras hacía ejercicio en una bicicleta estática. Eventualmente, Bill Cartwright se perdería esta temporada y la siguiente, más buena parte de la otra, y no volvería a ser un factor decisivo en el equipo,

En esas mismas pruebas se le detectó una anomalía en la sangre a Marvin Webster. Lo que pareció inicialmente un caso de anemia aguda terminó siendo hepatitis, el tercer brote que sufría Webster en su carrera profesional. Cada nuevo ataque debilitaba aún más su hígado, y en este caso los doctores tuvieron que anunciar que “Marvin the Magnificent” se perdería toda la temporada y probablemente significaría el fin de su carrera. Y así fue, a pesar de un fallido intento de retorno con los Bucks años después.

“Truck” Robinson resolvió su situación a las bravas: sufrió una fractura en el pie durante un entrenamiento, y se tuvo que retirar después de jugar solamente dos partidos esta temporada.

Bill Cartwright lesionado para dos años; Marvin Webster acabado por culpa de la hepatitis, “Truck” Robinson lesionado, Len Elmore retirado, Eric Fernsten cortado. Sabes que has muerto y has ido al infierno cuando tu frontcourt es Pat Cummings.

No se vayan todavía, aún hay más: después de intentar infructuosamente conseguir a David Greenwood, los Knicks ficharon rápidamente de los Nets a “Jammin’ James” Bailey, un pívot suplente del montón, a cambio de una tercera ronda del draft; pues bien, en su primer entrenamiento, Bailey sufrió un desvanecimiento y tuvo que ir al hospital. Al final no fue nada, pero cuentan los más viejos del lugar que por las noches se oían lamentos de ultratumba en la voz de Hubie Brown: “¡Varro, devuélveme mis pívots!”

¿Cuán angustiosa era la situación de los Knicks? El pívot titular terminaría siendo su elección de séptima ronda del draft, el ínclito Ken “Animal” Bannister”. El suplente sería su elección de sexta ronda del draft, Eddie Lee Wilkins. A su cuarta ronda la mandaron a Europa a foguearse, pero la repescarían al año siguiente: Bob Thornton. ¿Os suenan?


Bannister se hizo famoso en la liga...
por su propensión a tirar bocaos a los rivales.



Cuenta Rick Pitino que él comprendió realmente la extrema gravedad de la situación después de asistir a un campus de verano en Rutgers. Para demostrar los ejercicios eligió al azar a un “siete pies” de entre el público, y fue un desastre porque el tío era incapaz de seguir incluso los ejercicios más sencillos de bote o pase. Al terminar, el fulano le dijo que había estado jugando con los Harlem Magicians (! ) y que le gustaría probar con los Knicks. “Sí, hombre, sí” le dijo Pitino, esperando no volverlo a ver nunca más.

Cuando volvió al equipo, Rick Pitino se lo encontró en plantilla; se llamaba Ron Cavenall, y terminó jugando 53 partidos. “Qué quieres”, le dijo Hubie Brown, “mide siete pies”. La prensa neoyorquina lo presentó como un “diamante en bruto” descubierto por Pitino; la proporción de bruto resultó ser muy superior a la de diamante.

Incluso le hicieron una prueba a Chuck Nevitt (que no pasó), solamente porque su agente les mandó un folleto con una foto suya.

No tengo fotos de Cavenall ni de Bailey, así que os pongo otras dos de Bannister de las que hay en la red de su etapa europea. Por lo menos nos alegramos los ojos.



Tocando Fondo: 1984-1985.
24 – 58 (29%). Playoffs: No.


PG: Darrell Walker / Rory Sparrow.
SG: Trent Tucker / “Butch” Carter.
SF: Bernard King / Ernie Grunfeld.
PF: Pat Cummings / Louis Orr.
C: Ken Bannister / James Bailey.
Toalla: Eddie Lee Wilkins, Ron Cavenall.

Ya os podéis imaginar el resultado. Los Knicks ocuparon los últimos puestos de la liga en casi todas las categorías, tanto defensivas como ofensivas. A pesar del hercúleo esfuerzo de Bernard King, que se fue a los 33 puntos por partido con un 53% en el tiro para liderar la liga, y del trabajo sólido aunque poco espectacular de Sparrow y Walker, la absoluta carencia de juego interior condenaba a los Knicks a los sótanos de la divisón: Cummings solamente aportaba tiros de media distancia, Orr no tenía el físico para jugar dentro, Bailey y Bannister competían en ineficiencia.



El pobre Eddie Lee Wilkins fue la encarnación de la temporada del frontcourt de los Knicks: fichado tras brillar en el Princeton Summer Camp, su debut en la liga fue espectacular. En el primer partido de la temporada, contra los Pistons, Cummings se cargó de faltas y Hubie sacó a Wilkins a la cancha. Eddie Lee empezó a anotar canasta tras canasta y, a pesar de los 34 puntos de Bernard King, se convirtió en la estrella del partido al sumar 24 puntos y 10 rebotes en solamente 27 minutos. Sin embargo, apenas saltar a la cancha en su segundo partido, Wilkins se lesionó en el tobillo y se perdió un buen trozo de la temporada. Los Knicks encadenaron seis derrotas consecutivas, Eddie Lee Wilkins no volvió a tener continuidad esa temporada, y al verano siguiente sufrió una gravísima lesión de rodilla que lo tuvo un año parado y que puso fin a sus posibilidades como jugador relevante en la NBA. El 27 de Octubre de 1987 fue el principio y el final de la gloria para Eddie Lee Wilkins.

Pero el auténtico drama fue otro. Bernard King ya se había perdido varios partidos durante la temporada, primero por un tirón en el abdomen y luego por una torcedura de tobillo cuando cayó sobre el pie de Wes Matthews. Nada serio. El 23 de Marzo contra los Kansas City Kings, durante los últimos minutos de uno de los últimos partidos de una temporada ya intrascendente, Bernard King se rompió el ligamento anterior cruzado y el cartílago de su rodilla derecha. Fue operado inmediatamente y se le implantó un tendón extraído de otra parte de su rodilla y comenzó una rehabilitación que sería tan larga como trabajada, pero el jugador espectacular que liderara a los Knicks no volvería a verse sobre una cancha. Aún lograría volver al All Star, todo un reconocimiento a su trabajo y a su afán de superación, pero no sería ni el mismo jugador, ni en el mismo equipo.

“Tennis season begins Monday at 3 o’clock”, resumió Rory Sparrow.






A casi todos los efectos, la era Hubie Brown en los Knicks terminó ese día.

Galería de los Knicks'84



Hubie Brown y Rick Pitino, presente y futuro.



Louie Orr, el bien nutrío:



Len Elmore, Louis Orr y Eric Fernsten, el trío de la bencina:



¡Eric Fernsten, pisando la cancha!

Los playoffs contra los Celtics

A pesar de la inmensa diferencia de “currículum” entre ambas franquicias, era bien conocida la animosidad secular existente entre Knicks y Celtics. Hasta tal punto, que en el caso de éstos se extendía a toda la ciudad, y salvo imposibilidad manifiesta se negaban a hacer noche en New York sino que salían escopeteados rumbo a casa apenas terminar el partido. Más aún considerando el enfrentamiento público que los respectivos entrenadores habían mantenido a través de los medios de prensa, y este año en concreto con el picante añadido de la pugna en pretemporada por los servicios de Kevin McHale y la agresiva respuesta de la gerencia de Boston. Ya no hay rivalidades como las de antes, ¿eh?

Los Boston Celtics comenzaron tomando una cómoda ventaja inicial al ganar los dos partidos en casa, 110-92 y 116-102. Larry Bird se encontraba en un gran momento de forma (37 puntos en el segundo partido), y New York descubrió lo que estaba descubriendo toda la liga: en los papeles, Kevin McHale podía ser el Mejor Sexto Hombre de la temporada; en el parqué, era el jugador más imparable de los Celtics y su auténtica espina dorsal. Con sólo un día de descanso después de la eliminatoria contra Pistons, Hubie Brown había intentado dar un impulso extra al equipo insertando a Trent Tucker en el titular por delante del ineficaz Ray Williams, pero los resultados fueron decepcionantes: ninguno de los dos tuvo un rendimiento destacable, “Truck” Robinson siguió desaparecido en la anotación y la magnífica defensa de Cedric Maxwell y McHale dejó a Bernard King en unos veinte puntos por partido, la mitad que ante Detroit.

De vuelta en el Madison, Maxwell y McHale se dedicaron al trash-talking ante la prensa local: según McHale, venían a “terminar de enterrar a los Knicks”, mientras que Maxwell anunciaba que “nadie me mete a mí cuarenta puntos”.

Cuarenta y tres, para ser exactos, aunque eso sería más tarde. Primero, al fin Ray Williams dio la de cal y jugó a su nivel en ataque y defensa (sobre Bird, nada menos) para conseguir la victoria por 100-92 para intentar insuflar un hálito de vida y esperanza a la eliminatoria. Tirando con las palmas de las manos y yendo a canasta para ser derribado una y otra vez, Bernard King lideró a los Knicks con los mencionados 43 puntos dos días después a empatar 2-2 tras derrotar a los Celtics 118-113, en un partido jugado como una miniatura de toda la serie: unos eran incapaces de frenar a Larry Bird y a Kevin McHale, y los otros no podían con Bernard King. Cedric Maxwell, Kevin McHale, Larry Bird, Scott Wedman e incluso M.L. Carr se fueron rotando sobre un Bernard King inconmensurable en la segunda parte que con la ayuda de Darrell Walker en el rebote ofensivo, arrasó con todo y dejó las espadas en alto para la vuelta a Boston. En la rueda de prensa después del cuarto partido, Hubie Brown fingió no haberse enterado de que King había superado los cuarenta puntos: “¿Cómo? Pero ¿no habían dicho que eso era imposible?”.

El quinto partido fue un paseo militar de los Celtics, 121-99, y lo único destacable fue la “montonera” al final del tercer cuarto: con el partido prácticamente decidido, Darrell Walker y Danny Ainge se liaron a guantazos, y pocos segundos después ambos equipos estaban apilados en un amistoso intercambio de opiniones. Teóricamente deberían haber expulsado a todos los implicados, pero eso hubiera supuesto dejar solamente a Bill Cartwright y a Eric Fernsten en cancha, así que los árbitros optaron por expulsar solamente a Walker y Ainge y seguir como si nada hubiera ocurrido. Ni siquiera fueron sancionados con ninguna suspensión, y la liga saldó el tema con un generoso reparto de multas.

La serie se había estabilizado en un patrón claro: cuando los Celtics conseguían correr, ganaban de calle; cuando los Knicks conseguían jugar su ritmo pachorra, se llevaban la victoria. En todos los partidos, el equipo que anotó la primera canasta se llevó la victoria; en cinco partidos un equipo fue por delante desde el primer minuto hasta el último; sólo hubo cuatro cambios en el liderazgo en el marcador en toda la eliminatoria.

Así sucedió el sexto partido, a pesar de terminar con susto: Bernard King volvió a superar la barrera de los cuarenta puntos (44, para ser exactos), y los Knicks se plantaron con 13 puntos de ventaja a falta de tres minutos y medio aprovechando la ausencia de Dennis Johnson por una lesión en el hombro. Pero los Celtics montaron otra de sus remontadas patentadas y a punto estuvieron de llevarse el partido antes de que el equipo local lograra salvar los muebles a lo justo, 106-104.

La gasolina, sin embargo, no dio para más. El séptimo partido fue otra paliza inmisericorde, igual que todos los jugados en el Boston Garden esta eliminatoria. Larry Bird estuvo en otro plano cósmico, sumando un triple-doble con 39 puntos, 12 rebotes y 10 asistencias. Y no estaba solo: Dennis Johnson demostró estar recuperado al anotar siete puntos en los tres primeros minutos y terminar con 21 puntos y 6 asistencias, y Robert Parish se fue a los 22 puntos y 11 rebotes (10/14 en tiros de campo). Mientras, Bernard King no lograba escapar de la defensa de Maxwell: sólo anotó dos tiros libres en el primer cuarto, en el que los Celtics tuvieron un 56% de tiro frente al 37% de los Knicks. King solamente anotó 9 puntos en la primera mitad con 2/9 en tiros, y solamente al final pudo maquillar estadísticas para terminar con 24 puntos. Con Ray Williams desaparecido una vez más, sólo Rory Sparrow y “Truck” Robinson intentaron mantener el tipo; fue el único buen partido de Robinson en playoffs, con 16 puntos y 9 rebotes sumados en su mayoría al principio, cuando aún había partido.

Aún así, solamente pudieron empatar el partido 20-20; de ahí en adelante Larry Bird se hizo dueño y señor con un parcial de 16-6 que dejó la contienda zanjada justo al terminar el primer cuarto. Para culminar una eliminatoria presidida por las controversias, los cánticos obscenos y los insultos entre ambos equipos, antes de empezar el segundo cuarto la megafonía del Garden anunció: “Rogamos al conductor del autobús de los Knicks se presente en la salida Este, por favor”.

La eliminatoria había terminado, pero más allá de las burlas y los insultos los Knicks habían logrado inspirar un nuevo tipo de respeto. Larry Bird declararía posteriormente que lo mejor de ese partido fue la certeza de no tener que volver a enfrentarse a Bernard King en lo que quedaba de temporada, después de lo que calificó la mayor exhibición ofensiva en una ronda de playoffs que había visto.

Fue su momento de gloria.