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Mis Fantasmas Favoritos

Altas y Bajas:



Después de años y años protestando por la falta de movimientos, este verano de 1988 la prensa neoyorquina tuvo suficientes como para estar entretenidos durante meses.

Algunos de los cambios fueron casi intrascendentes y relacionados solamente con el fondo del banquillo: Pat Cummings finalmente se marchó tras finalizar su contrato, Rick Carlisle fue cortado, a Sedric Toney lo eligieron los Miami Heat en el draft de expansión. A cambio volvió nuestro viejo conocido Eddie Lee Wilkins, Pete Myers como agente libre, y el mantecoso Greg Butler como pívot suplentísimo procedente de la segunda ronda del draft (y convertido en favorito del Garden, que aclamaba sus escasísimas apariciones en cancha).


Única foto conocida de Butler.

Morralla, en cualquier caso, y justamente olvidada frente a movimientos mucho más importantes de la plantilla.

El primero y el último, Charles Oakley. El primero por orden cronológico, y también por pecking order al ser el único en llegar directo al titular, y también por ser el único en llegar directo al corazón de la franquicia, que desde entonces sería el corazón del guerrero. “Charles Oakley a cambio de Bill Cartwright y de intercambiar las elecciones de primera y tercera ronda del draft de 1988”, dijeron los papeles. Según “The Sports Guy”, que no se equivoca jamás, entre las poquísimas excusas para beber alcohol antes de las 11 de la mañana se incluyen llamarte Jack Nicholson o Charles Oakley.



En su día, este traspaso fue duramente criticado para con los Bulls. Oakley había perdido el título de máximo reboteador ante Michael Cage en la última jornada, mientras que Cartwright ya estaba en el último tramo de su carrera y no había demostrado ser ni buen defensor ni buen reboteador. A pesar de tener a un meritorio en prácticas tan prometedor como Horace Grant, y de que fuera vox pópuli que lo que separaba a los Bulls del “siguiente nivel” era la sustitución del armario ropero que bajo el pseudónimo de Dave Corzine andaba ofendiendo a los pívots titulares del mundo, se consideraba que los Bulls podían haber conseguido algo mejor. En retrospectiva, parece más bien la clase de traspaso en la que todos salen beneficiados: Charles Oakley como sempiterno titular sin competencia, Horace Grant ídem, Bill Cartwright fuera de New York y los Bulls campeones. A pesar de los fuertes rumores de enfrentamiento con un Michael Jordan que se decía se negaba a pasarle el balón por su propensión a las pérdidas, Bill Cartwright tuvo su pequeño momento de gloria cuando su aportación anotadora interior e incluso su muy aceptable defensa en playoffs contribuyó al primer título del equipo de Chicago (antes de que volviera a quedar en la sombra ante el ascenso de Scottie Pippen a gran estrella, y de Horace Grant a All Star).

En algunos aspectos, Charles Oakley podía parecer una reedición de Sidney Green: grandísimo reboteador, jugador tozudo y con una extraña fascinación por las suspensiones de media y larga distancia (cuando a mitad de temporada se publicitó una llamada “bomber squad” con los triplistas de los Knicks, Oakley protestó por no ser incluido en el “grupo”). Muchos scouts consideraban que no había peor noticia para los de New York que Oakley anotando su primera canasta, porque entonces se pasaría el partido tirando con o sin posición.

Las similitudes, sin embargo, terminaban ahí. Oakley era un magnífico defensor, mucho mejor que Green y también un jugador más intenso y más concentrado, mucho menos propenso a los lapsus, despistes y fallos de asignación. En muchos sentidos, su llegada acentuó los puntos fuertes (rebote, defensa, movimiento constante, tiro exterior) y débiles (pase, porcentaje de tiro, pérdidas) del equipo. En cualquier caso, formó una pareja interior tan completa como devastadora con Pat Ewing, y zanjó el debate por la posición que duraba ya casi diez años.

El primero y el último, dije. El último porque también fue el único traspaso esta temporada que encajaba con la concepción del juego y los deseos de Rick Pitino.



En varios sentidos, la decisión de Al Bianchi de draftear a Rod Strickland en primera ronda era lógica. Para empezar, era el mejor jugador disponible cuando eligieron los Knicks. Para seguir, el estilo de Rick Pitino exigía una plantilla amplia con suplentes que pudieran jugar el nivel de los titulares y darles descanso. Para terminar, era indiscutiblemente una estrella en ciernes, probablemente mejor que Mark Jackson.

Sin embargo, Strickland era también un jugador problemático, de un estilo poco acorde con el de Pitino (al que entusiasmaban los undergrads), y cuya llegada se podía interpretar como una falta de confianza en el sensible Jackson. A pesar de subir su anotación, Mark Jackson llegó al campus de verano pasado de peso y sin haber trabajado, sufrió varias molestias físicas durante la temporada y en ningún momento alcanzó el nivel de juego de su año rookie.

Mientras, Rod Strickland se granjeaba el cariño y respeto de Pitino al llegar invariablemente tarde a todos los compromisos del equipo y faltar a numerosísimos entrenamientos. Eso obligaba al entrenador asistente Jim O'Brian a jugar de "base suplente" en las pachanguitas. En una de ellas, Mark Jackson lo dejó sentado, anotó la canasta y le soltó: "Look, if you had to play me every day, you would be late, too, wouldn't you?". New York, New York. Los retrasos de Strickland llegaron a ser tan famosos que en una reciente subasta benéfica organizada por Mark Jackson, Rick Pitino no pudo menos que comentar entre risas que Rod Strickland había participado "pujando por un reloj, nada menos".

Entonces no se reía. Rick Pitino mantuvo su apuesta por Jackson a pesar de que eso lo enfrentaba con Bianchi primero, con Strickland segundo y finalmente con los propios aficionados, que percibieron pronto que el suplente tenía un brillo especial del que carecía el titular y como consecuencia dieron en abuchear a éste, con lo que su rendimiento se resintió aún más. Estos abucheos tendrían un efecto muy profundo en Pitino, y por lo pronto agriaron su relación con Bianchi.

El cual lo terminó de empatar fichando a “Kiki” Vandeweghe a cambio de una futura primera ronda.



El fichaje de “Kiki” Vandeweghe se convirtió en la saga de la temporada, junto con el tema de la titularidad en el puesto de base. Vandeweghe, hijo y sobrino de estrellas NBA, hijo de una Miss e inventor del “paso de Kiki” en el campamento para hombres altos de Pete Newell, era sin duda una estrella de la liga. Sin embargo, la temporada anterior había sufrido una grave lesión de espalda de la que aún no estaba totalmente recuperado. Se había perdido más de la mitad de los partidos jugados desde entonces, y cuando sí jugaba lo hacía a un nivel muy inferior al de su carrera. Los Blazers habían optado por Jerome Kersey como titular, y buscaban comprador. Al Bianchi consideraba que los Knicks necesitaban anotación desde los puestos de alero, y mejorar su porcentaje de tiro (cierto en ambos aspectos), así que después de meses de negociaciones, pruebas médicas, dimes y diretes logró que recalara en la franquicia de New York.

Y fue un sonoro fracaso.

Nunca es buena señal cuando tu fichaje gana dos años después el trofeo de “Comeback Player of the Year” (1990-91); efectivamente, Kiki Vandeweghe pasó dos temporadas entrando y saliendo de la lista de lesionados, y jugando a un nivel no más que mediocre. No se adaptó al estilo del equipo, no se adaptó a la ciudad y desde luego no se adaptó a Rick Pitino. Aún más, su llegada quebró la frágil química de la plantilla, y para muchos analistas se convertiría en la clave de la decepción final de la temporada.

Substraction by addition, que le dicen.
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